Una novela de realismo mágico y fantasía

Gael

Una historia sobre la soledad, el dolor, la belleza y los hilos invisibles que nos conectan.

Arruda Van der Ley

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Sinopsis

Gael supo que su vida había sido arrancada de la memoria del universo el día en que su madre dejó de pronunciar su nombre.

Condenado al olvido, el joven Gael inicia una búsqueda desesperada a través de reinos donde la mentira brilla y el silencio es una sinfonía. Entre seres míticos y desafíos existenciales, esta novela nos invita a cuestionar qué es lo que realmente nos hace humanos.

Una historia profunda y conmovedora sobre la identidad, el poder de los vínculos y la valentía que requiere ser tierno en un mundo envenenado por la ignorancia.

Las primeras páginas

Capítulo 1

I. El Umbral del Silencio

Gael supo que su vida había sido arrancada de la memoria del universo el día en que su madre dejó de pronunciar su nombre.

—¿Quién... quién eres tú? —Su voz era un hilo frágil de desconocimiento. La taza de té entre sus manos tembló levemente. Sus ojos, otrora cálidos como hogueras de invierno, ahora se posaban sobre él sin un ápice de reconocimiento.

Esa herida se abrió con la llegada de sus diecisiete años. No era el olvido por enfermedad. No era el mero desgaste del tiempo. Era un desgarro en el tejido mismo de su existencia, como si alguien hubiera extirpado las páginas de su historia dejando tras de sí solo el eco de palabras vacías, sin pasado, presente ni futuro.

Delgaducho y de mirada nostálgica, Gael lucía el tatuaje de una flor en la altura de su garganta que brillaba cuando mentía, revelando la cruel paradoja de un mundo en que, si la verdad quema, las mentiras son refugios frágiles.

Vestía con orgullo la única reliquia de un pasado que se negaba a perecer. Una chaqueta desteñida, herencia de un padre ausente, que escondía un bolsillo secreto donde reposaba un mapa estrellado. Aquel mapa, tejido en una piel misteriosa y cálida al tacto, delineaba constelaciones que se reacomodaban cada noche, como si el destino se rescribiera con el impulso de los vientos nocturnos.

El desconcierto no era solo por el olvido de su madre. La herida latía en cada rincón de su ciudad natal. Caminó por calles que lo ignoraban, tocó fotografías familiares donde su imagen se desvanecía como niebla al sol. Hasta los vecinos murmuraban:

—La viuda Ainara siempre vivió sola, pobre mujer.

Solo él conservaba fragmentos. El olor a hierro forjado en el taller de Gareth, el sabor amargo de las ciruelas del jardín... recuerdos difusos, como sueños que se esfumaban al despertar.

El silencio de Maceibreth respiraba débilmente en la Plaza del Fénix, un espacio ahogado por la ausencia de risas y el peso de memorias enterradas. En su corazón, como una llaga abierta en el alma del pueblo, se alzaba el Pozo de los Tocafondos. No era un simple agujero en la tierra, era un monumento al desprendimiento voluntario. Sus paredes de piedra musgosa, agrietadas por siglos de abandono, guardaban ecos de confesiones nunca escuchadas y objetos que habían perdido su significado. El aire olía a tierra reseca y a polvo de promesas rotas.

Gael se acercó al borde, sintiendo el vacío como un imán para su propio desarraigo. Desde la profundidad, un susurro frío subía, llevando consigo recortes de voces apagadas y el chirrido de cadenas oxidadas. Abajo, apenas iluminado por la luz mortecina del atardecer, podía distinguir un cementerio de pasados. La pata rota de una silla que alguna vez sostuvo conversaciones familiares, el espejo empañado que ya no reflejaba rostros completos, el libro cuyas páginas, manchadas de humedad, mostraban tinta corrida como lágrimas oscuras. Cada objeto era un testigo mudo de una historia que Maceibreth había decidido amputar.

Apretó con fuerza la chaqueta desteñida de su padre entre sus manos. La tela áspera le trajo un recuerdo lejano. La imagen de Kaelen, poniéndole la chaqueta por primera vez. Pese a que le quedaba enorme con mangas que le cubrían las manos, Gael se sentía un aventurero, un gigante. "Llevarás esto para que no olvides de donde vienen los sueños", le había dicho; y su hijo, con la inocencia propia de sus siete años, creyó que la chaqueta estaba hecha de sus sueños, materializada cada mañana.

Por un instante, la tentación fue feroz. Liberarse de ese último peso, arrojarla a las profundidades, dejar que el pozo se tragara también su historia como había ocurrido con todo lo demás. Sentía la tela áspera contra sus palmas, el leve abultamiento del bolsillo secreto donde dormía el mapa estrellado. ¿Qué sentido tenía aferrarse a un pasado que ni siquiera mi madre recordaba? La desesperación, fría y aguda, le arañó la mente. Levantó el brazo y dejó la chaqueta colgando sobre el abismo oscuro, lista para el vuelo final hacia el olvido.

Fue entonces cuando una sombra pequeña se interpuso entre él y el pozo. Una niña, no mayor de ocho años, con trenzas deshilachadas como nidos abandonados y un vestido remendado en tonos decolorados. En sus brazos sostenía con solemnidad una muñeca de trapo, grotescamente incompleta, sin brazos, con un ojo de botón ausente, y un hilo negro cosido torpemente donde debería estar la boca. La niña miró la muñeca con una tristeza que no pertenecía a su edad, mientras sus dedos sucios acariciaban la tela desgastada.

—Duérmete, Mile —balbuceó, como un hilillo quebradizo en el silencio de la plaza. Depositó un beso en la cabeza descosida de la muñeca—. Adonde vas, el dolor ya no puede alcanzarte. Adonde vas, nadie volverá a hacerte daño.

Con un movimiento suave pero irrevocable, inclinó los brazos y dejó caer a Mile al vacío. El trapo sin forma giró una vez, captando un último destello de luz ceniza antes de desaparecer en la oscuridad devoradora.

Gael contuvo el aliento. Un silencio espeso, cargado de presagio, siguió la caída. Luego, desde las mismas entrañas del pozo, entre el chirriar fantasmagórico de cadenas que se movían sin manos que las tocaran, se alzó un sonido que heló la sangre en sus venas. El eco de una risa. No era una risa alegre, ni siquiera burlona. Era una risa hueca, desencajada, nacida de todos los recuerdos abandonados allí.

En aquel momento el pozo respiraba su victoria. Un susurro rasposo, frío como la piedra húmeda, se alzó.

—Adiós…

La palabra flotó en el aire, pesada y envenenada. Era una sentencia. Un sello sobre lo que acababa de ser enterrado. En ese susurro resonaba el adiós de la madre de Gael, el adiós de los vecinos que lo negaban, el adiós de todo un pueblo a su propia historia incómoda. Gael sintió que ese "adiós" se enroscaba en su propio corazón como una serpiente de hielo. Se quedó petrificado. La chaqueta ahora colgaba inerte de su mano, como un estandarte de derrota. Su peso era el peso de la decisión que casi tomó. La carga de comprender que el pozo no ofrecía liberación, solo un vacío resonante que multiplicaba el eco del olvido. La risa fantasmal aún vibraba en sus oídos, mezclándose con el susurro final.

Hasta que la chaqueta dejó de ser un lastre. Se convirtió en un ancla, en la única prueba tangible de que él, Gael, había existido antes de que el abandono se lo tragara.

Una voz distante, aunque familiar, resonó entre las paredes de piedra de la plaza, cargada de una fuerza que solo los años podían forjar. Era Gareth, el viejo herrero. Su rostro curtido en siglos de artesanía y sus manos negras de hollín contaban historias de trabajos interminables y de secretos compartidos.

Avanzó hacia el pozo, con paso lento pero firme. Sus botas martillaban el suelo con cada movimiento, anunciando lo que venía. Se acercó y posó su mano callosa sobre el hombro de Gael, dejando una huella cenicienta que parecía un estigma de pertenencia en la tela desteñida. Sus ojos grises perforaron la niebla del crepúsculo como faros en un mar de penumbra.

—Chiquillo —masculló con voz áspera como el roce del carbón—, los que vagan sin raíces son hojas muertas antes de caer. —Hizo una pausa. Sus ojos se clavaron en el tatuaje de la garganta de Gael que latía con un fulgor inquieto—. Pero tú... tú llevas un fuego enterrado bajo las cenizas.

Gael sintió que el aire se espesaba. El herrero olía a hierro candente y a secretos ocultos, como si sus poros exudaran las memorias que Maceibreth había decidido quemar.

—¿Y qué queda para quien ni siquiera su madre lo reconoce? —replicó Gael. Su voz sonó a la del niño que una vez fue, preguntándose por qué las estrellas no caían—. Aquí solo soy un fantasma. Hasta las cadenas de este pueblo se deshacen si las toco —afirmó, dudoso de si era posible que Gareth fuera el único que le recordara.

El maestro entrecerró los ojos y, por un instante, Gael creyó ver un brillo de plata líquida en sus pupilas.

—Recuerda que cada golpe en la vida forja un destino y que cada despedida es la antesala de un renacer. Aquí, en este rincón del mundo, el olvido es un huésped permanente; pero, también, lo es la esperanza.

Gareth dejó que cada palabra se asentara. Su dedo, embrutecido, señaló la garganta de Gael y añadió:

—Esa flor no solo brilla cuando mientes... también cuando temes tu propia verdad. —Le dio una palmada en la espalda—. Las sombras de la duda devoran corazones valientes.

Gael, sintiendo en lo profundo el golpe de aquellas palabras y el calor de una complicidad casi paternal, tomó el martillo oxidado que llevaba en su mochila. Era un objeto aparentemente deteriorado por el tiempo, de mango curtido y cabeza de bronce. Sin embargo, escondía un secreto que Gael apenas podía intuir.

Años atrás, el viejo herrero le enseñó a moldear metal mientras murmuraba secretos en lengua élfica. "Los metales duermen, muchacho", decía. No era un maestro cualquiera. Era un artífice que forjaba herramientas mágicas para magos de bosques lejanos y elfos errantes. Su herrería, oculta entre las brumas de Maceibreth, había sido cuna de prodigios mágicos. Cuchillos que cortaban el tiempo, clavos que podían sostener sueños, espadas capaces de controlar el fuego.

El martillo que Gael guardaba era, en realidad, otro regalo olvidado. Una ofrenda de un pasado que ni siquiera el propio Gareth podía ya nombrar. Se decía que, en manos de un verdadero tejedor, aquel martillo podría despertar los secretos de los metales y revelar realidades ocultadas. Sin embargo, Gael dudaba de si el objeto seguía siendo mágico o si el olvido había sellado para siempre su latente maravilla.

Como quien abraza una esperanza que teme perder, murmuró:

—Ahora, la soledad es mi única compañera... pero, quizá, aún quede algo por forjar en mí —dijo mientras en su cabeza resonó la voz de su madre: "¡No lo toques! ¡Esa cosa mató a tu padre!". Un escalofrío le recorrió los huesos. ¿Es un recuerdo refugiado en mi memoria... o una alucinación?

El viento gimió entre las piedras de la plaza, arrastrando pétalos secos que brillaban como esquirlas de ópalo.

—Llévalo contigo, muchacho —rugió el herrero retrocediendo. Su figura iba desdibujándose en la niebla como un espectro de carbón—. Las raíces del barco te esperan.

—¿Me esper...? —preguntó, pero Gareth ya alzaba su mano en una despedida que era más una advertencia.

Gael caminó hacia la que había sido su calle cuando vio a un grupo de niños jugando a "Tejedores y Sombras". Un juego que él mismo había inventado. Se quedó mirándolos, oculto tras la Fuente del Anciano Callado. Uno de los niños, el pequeño Dan, tropezó y se raspó la rodilla. Gael dio un paso instintivo para ayudarle, pero se detuvo en seco. No sabrá quién soy, pensó, y un frío distinto al del aire crepuscular le recorrió la espalda. Para él, solo seré un extraño. Sus manos tocaron el bolsillo secreto de su chaqueta, sintiendo el calor familiar del mapa estrellado contra su pecho. Al menos las estrellas, especuló con una media sonrisa amarga, no tienen memoria que perder.

Siguió caminando hacia su tan querido puesto de frutas. Allí contempló todos los olores y colores. Miró al vendedor, un hombre regordete que pregonaba su mercancía. Gael se preguntó qué pasaría si intentaba hablarle. ¿Mi tatuaje brillará? No estaría mintiendo si le dijera "buenos días". ¿O sí? ¿Era su propia existencia, ahora, una mentira? La idea le pareció tan absurda que casi se le escapa una risa. Una risa que murió en su garganta, justo donde la flor tatuada ardió un poco más.

Esa noche, Gael desplegó su mapa bajo la luna llena. Las constelaciones se reorganizaron como fichas de un juego cósmico, dibujando el perfil de una ballena jorobada rodeada de nueve estrellas. Bajo ella, runas líquidas brillaban con un mensaje cambiante. "Los sueños recuperados encienden nuevas estrellas". Y una flecha, en ese momento incuestionable, apuntaba al norte donde unos oleajes de tinta delineaban un reloj de arena. ¿Me espera alguien allí?, se preguntó, sintiendo que la tela, cálida y viva como piel antigua, latía contra sus dedos.

—¿Pa-padre...? —tartamudeó Gael, guardando el mapa. Pero solo el eco del pozo respondió, murmurando su último e incisivo mensaje.

—...olvídanos…

II. El Barco de Raíces

El adiós a Maceibreth se presentó envuelto en una tormenta de pétalos secos. Restos de cerezos que su madre, en tiempos idos, había plantado como símbolo de algo inefable y perpetuo.

Gael se acercó al puerto, donde un viento cómplice y silente murmuraba.

—La soledad jamás será un puerto seguro —le dijo.

Aquella frase se clavó en su pecho. Bajó la mirada. Entendió que ella, la soledad, sería su única patria durante demasiado tiempo. Se preguntó si al marcharse traicionaría aquellos recuerdos o los honraría. Algo reclamaba su lugar en este vacío, un tenue atisbo de posibilidad, de encuentro consigo mismo. Tal vez, pensó optimista, quien se pierde en el mundo de las formas se da, por fin, la oportunidad de encontrarse.

Al alzar la vista, sus ojos quedaron atrapados por la imagen del barco. Se exhibía majestuoso y extraño. Un navío de raíces vivas, un coloso nudoso que parecía haber brotado directamente del corazón de la tierra. Su tamaño descomunal impresionaba; sus mástiles eran ramas gigantes, y su proa parecía una mano abierta hacia el horizonte. Gael sintió un escalofrío. Subir a ese barco no era solo partir, era dejar atrás todo lo que había sido, alejarse de su nombre, de sus calles, de sus abrazos.

Titubeó en la orilla, acosado por la duda. ¿Qué es aventurarse en lo desconocido sino una forma más de justificar una huida cobarde? El miedo le anudaba la garganta. Recordó las veces que mintió para ocultar su dolor. Esta vez, no mentiría. Tengo miedo. Pero también tenía esperanza. Y una certeza extraña e inexorable lo empujaba. No hay alternativa. Era como si el universo mismo, misterioso y caótico, le arrastrara hacia el embarque, susurrándole que el camino hacia adelante era el único posible.

Con manos temblorosas, rozó el costado del barco. La madera estaba viva, tibia por la savia que corría bajo la corteza. Tragó saliva, respiró hondo… y dio el primer paso. Luego otro. Estaba subiendo. El eco de su vida en Maceibreth quedó suspendido en el aire detrás de él. Llevaba consigo su martillo dormido, su mapa estrellado y un profundo deseo de desaparecer para encontrarse.

Ya a bordo, buscó un rincón apartado en la cubierta, desde donde pudiera observar su ciudad natal sin ser molestado. Encontró un espacio entre raíces entrelazadas, como un pequeño nido de madera, y allí se dejó caer. Lo primero que hizo fue presionar una oreja contra el suelo. Le pareció escuchar un latido pausado y antiguo. ¿El barco es como yo?, pensó con una sonrisa ingenua. Un ser arrancado de su tierra, flotando a la deriva, hecho de raíces que ya no tocan el suelo.

Desde el refugio, vio a Maceibreth extendiéndose a lo lejos. Sus casas de tejados anaranjados, sus torres cubiertas de musgo, el faro de rayas blancas y rojas. Cuán hermosa era la ciudad cuando se la miraba desde la distancia, cuando el dolor y el olvido se volvían ecos suaves en lugar de revoltosos ruidos repetitivos.

Un nudo de emoción le apretó la garganta, pero las lágrimas se negaron a caer. En ese instante de quietud, se hizo una promesa. Regresaré. Lo haría con las respuestas que ahora le eran esquivas.

Entonces, como si la ciudad exhalara un último adiós, una bandada de pájaros de alas plateadas rasgó el cielo desde los tejados más antiguos. Formaron en el cielo una figura que Gael apenas podía creer; un círculo perfecto. En su interior, dos almas gemelas en plumaje, una blanca y otra negra, danzaban en una sincronía hipnótica, poética. Un ballet que le reveló una verdad sencilla. La belleza no se entiende, se siente, y solo se manifiesta cuando el alma está lista para recibirla.

Gael siguió el vuelo sin apenas respirar. No sabía si presenciaba una simple coincidencia o una despedida dibujada a mano por las fuerzas invisibles que mueven el mundo. No halló respuesta, pero en su corazón floreció algo cálido de entre los escombros de su memoria que le susurró: "Solo los valientes se atreven a caminar con las heridas abiertas".

El barco comenzó a moverse. Las raíces crujieron suavemente, despegándose del puerto como dedos que se sueltan de un abrazo amado. Gael, en su rincón de madera viva, cerró los ojos. El viaje había comenzado. Los murmullos del navío cobraban vida. El gemido de la madera, el lamento del viento en las jarcias, todo se fundió en un coro espectral que parecía cantar a la vez bienvenidas y adioses. De esa melodía nació una silueta, emergiendo de un pliegue entre las sombras.

Caminaba con la calma de las mareas. Una mujer de ojos velados que, sin embargo, parecían desnudar el alma. Gael se irguió por instinto. Sus músculos se tensaron, tanteando el abismo que se abría entre la cortesía y el miedo mientras ella se detenía frente a él.

—Hueles a saudade —dijo la mujer inclinando ligeramente la cabeza. Un gesto mínimo, casi imperceptible—. He respirado ese aroma antes. En otros que abordaron este barco con el alma desterrada, buscando las respuestas que su tierra les negó. Me llamo Aurora.

—Me llamo Gael... —replicó con respeto, tragando en seco su inseguridad—. O eso decían. No busco problemas, señora. Solo un lugar donde recordar quién soy.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Aurora, tan sutil como su voz. Entre sus manos acunaba un fruto oceánico. Su piel era tan traslúcida que revelaba las semillas de su interior palpitando como pequeñas galaxias cautivas.

—Toma —dijo, y el gesto de ofrecérselo fue una ceremonia—. En alta mar, el hambre de respuestas a menudo se disfraza de un vacío más simple.

Gael dudó, pero, al tomarla, una corriente fría le recorrió los dedos. Un frío que se deslizó hasta anidar en su estómago. Lo sostuvo como si pesara más que el mundo.

—¿Por qué? —musitó, la pregunta dirigida a ella, al barco, al mar—. ¿Por qué ayudar a un desconocido?

—Porque también yo fui borrada una vez —confesó Aurora, y su mirada amable, casi maternal, parecía leer las páginas arrancadas de su memoria—. Y porque puedo ver que sigues un hilo invisible.

Su dedo señaló, sin tocarlo, el mapa estrellado que se asomaba por el bolsillo de Gael.

—Pero ten cuidado —continuó—. Hay hilos que guían y otros que se convierten en lazos, en jaulas —dijo mientras exhibía en su mano otro fruto, más pequeño y de un brillo tembloroso. Al ofrecérselo, añadió:

—Cada recuerdo que eliges conservar es un verso que escribes en el poema de tu destino. Escucha las voces que duermen en el tejido de tu viaje, Gael.

Las palabras de Aurora eran anclas y velas al mismo tiempo. Desconcertado, Gael solo pudo replicar con una madurez y sinceridad que le dañaban.

—He probado un dolor que nadie me enseñó a superar. Cada sabor amargo me recuerda que la verdad y el olvido danzan juntos. ¿Qué más puede ofrecerme este océano? ¿Solo el reflejo de mis propias ruinas?

Aurora no respondió con palabras. Su silencio fue un gesto, una pausa en el tiempo que pareció decir que en la incertidumbre más absoluta nace la única certeza posible.

Gael mordió el primer fruto. Cada semilla titilante se convirtió en una pregunta que florecía en su mente. ¿Quién roba los nombres? ¿Por qué duermen los metales?

El resto del día transcurrió entre el oleaje y el silencio. Esa misma noche, bajo el firmamento, se durmió abrazado a su chaqueta desteñida. El sueño le trajo un susurro que se enredó en su conciencia, fino como el roce de una pluma. Era la voz de Aurora, o quizás el eco del fruto.

"Siente el ritmo de las semillas. Ellas recuerdan la tierra de la que nacieron."

Y justo antes de que el amanecer tiñera las aguas de oro pálido, una estrella fugaz cruzó el cielo en dirección a lo desconocido. Gael no la vio, pero su corazón, en su profundo dormir, pareció reflejar el brillo de aquella lejana luz.

Los días en el barco de raíces se deslizaban como savia espesa por el tronco del tiempo. Aurora tejía silencios junto a Gael en las noches de bruma. Y en los días de calma chicha, cuando la nostalgia lo arañaba, canturreaba versos infantiles y el barco, vivo, gimoteaba en respuesta.

—El mar de espejos no refleja rostros —murmuró una vez, ofreciéndole otro fruto estelar—, sino las fisuras del alma que navegan en él.

Quedaban pocos días para llegar a su destino, cuando Gael contemplaba el horizonte en busca de algún indicio de tierra y, de repente, un estruendo metálico quebró la calma. Era Kael, el mercenario mediohumano-mediocristal, gritando ante las jaulas vacías donde guardaba lágrimas solidificadas de criaturas celestiales.

—¡Robadas! —rugió, y el cristal de sus hombros chispeó con ira—. Las nueve más puras... Las que contenían el miedo de ángeles caídos. ¡Las he guardado durante años...! Sin ellas, todo fue en vano.

Gael, que solo conocía de oídas las leyendas del "mediocristal", retrocedió instintivamente. Al hacerlo, un destello dorado bajo una chaqueta abandonada captó su mirada. Sin pensar, alzó la prenda. Ahí estaba, escondida, una cajita de metal esculpida.

—Señor —logró decir, alzando el objeto—. ¿Busca usted esto?

Kael se volvió como una tormenta contenida. Sus grietas brillaron con un fulgor avergonzado al reconocer la caja.

—¡Imposible! —tartamudeó—. Ya revisé este lugar... Alguien juega conmigo. Alguien que disfruta de mi locura.

Kael tomó la caja con dedos enfadados. Al abrirla, su respiración se entrecortó.

—No entiendo... —murmuró, y su voz perdió la dureza—. ¿Cómo no la vi? Revisé una y otra vez...

Una calma repentina lo invadió. Le miró con una intensidad que le abrazó el alma. En ese momento, Gael vio detrás de sus ojos de cristal algo que reconocía. Es la misma soledad que llevo en mi alma.

Había devuelto la caja sin saber su valor. Sin pedir nada a cambio. Ese solo gesto era casi imposible. Y Kael, que conocía mejor que nadie el peso de la indiferencia, supo que no podía ignorarlo. La decisión estaba tomada antes de que sus dedos se movieran. Cogió una de sus lágrimas, la que brillaba con luz esmeralda, y la ofreció con una expresión que mezclaba gratitud y vergüenza.

—Toma, joven espectro. Guárdala. Esto es la prueba de que hasta los seres más puros pueden sufrir.

Gael la sostuvo. Era opaca y vibraba con una energía extraña, como un insecto asustado, atrapado en el cristal. Miró a Kael y no vio a un mercenario temible. Vio a alguien tan frágil como él. Alguien que también temía romperse.

—¿Por qué me la da? —preguntó Gael, con voz quebrada—. Lo siento, señor, no puedo pagarla.

—Considéralo un regalo del destino —contradijo con voz firme.

—Gracias —contestó fijándose en las fisuras de su brazo cristalino y le lanzó una pregunta impertinente—. ¿Usted también tiene miedos?

Kael entrecerró los ojos.

—Solo temo... —confesó con voz áspera—. Que alguien prefiera destrozarme antes que comprender lo que llevo en mi interior.

El mercenario dejó la lágrima esmeralda resplandeciendo en su palma y a Gael le asaltó una pregunta nueva en el estómago. ¿Qué temores esconderé en mis propias grietas?

Durante la travesía, el joven estudiaba el mapa bajo la noche. Las constelaciones brillaban con intensidad cuando Kael hablaba de guerras y profecías.

Una madrugada, Aurora se acercó a Gael y tocó el mapa.

—¿Sabes qué teje estas constelaciones, pequeño eco?

—¿Astros muertos? —aventuró.

Ella rozó la silueta de la ballena, todavía dibujada, y el pergamino emitió un sonido submarino. Un canto lejano y triste.

—No. Teje sueños liberados de su prisión. Cada estrella es una historia libre y protegida. —Su dedo ciego siguió las nueve alrededor de la ballena—. Acuérdate de que, donde hay luz que nace, hay sombras que cazan.

III. El Umbral de Sendanthria

Cuando el barco de raíces redujo su marcha, el amanecer rompió en múltiples tonos de ámbar. Gael, con la lágrima de Kael ahora cosida en el dobladillo de su chaqueta, se incorporó frotándose los ojos. Se acercó a la borda, sintiendo la llamada de la tierra que se extendía como un soplo de mundo recién creado. Los árboles formaban inmensidades de verdes imposibles. Esmeralda, turquesa, jade. El paisaje era enérgico. Cada colina y cada valle respiraban a su propio ritmo, obedeciendo leyes secretas que escapaban a su comprensión.

Las montañas alzaban sus picos a través de la bruma en un intento de tocar el cielo. Los ríos resplandecían como venas de azul líquido en continuo movimiento. La arena, áurea y perfectamente asentada, se fundía con los bosques como dos enamorados.

—Obsequios de los artistas de la creación —murmuró Aurora, que compartía la misma admiración.

El puerto era pequeño, casi secreto, un embarcadero de piedra musgosa, abrazado por raíces gruesas que parecían cuidar de él como nodrizas silenciosas. No había faroles, ni gritos de bienvenida, solo el rumor sereno del viento y el golpear suave del agua contra las maderas.

Gael sintió algo estremecerse en su interior. Sendanthria le tendía la mano, invitándolo a cruzar un sendero inmaterial.

Cuando el barco tocó suavemente el muelle, el muchacho bajó por una pasarela de hojas entrelazadas. Frenó los pasos durante unos instantes, dejando que la brisa le acariciara el rostro. Respiró profundamente. El aire olía a arena salada y a algo más... a vida primigenia, como si estuviera respirando el primer aliento del mundo. En Maceibreth, hasta el viento parecía cansado. Aquí, cada ráfaga parece contarme un secreto. El peso de su soledad se sintió un poco más ligero. El mundo se había vuelto mucho más grande que su dolor.

El adiós de Aurora y Kael careció de ceremonias y de promesas que el tiempo pudiera quebrar. Fue tan solo el tácito reconocimiento de dos destinos que se bifurcaban. Cada cual se entregó a su propio rumbo, llevando consigo la fortaleza de la búsqueda.

Gael dejó que sus pasos lo llevaran por la orilla, con el alma abrumada por aquella belleza indómita. Fue entonces cuando la tierra misma le propuso una elección. Dos senderos nacían ante él. Uno, un soplo de humo y piedra que prometía una aldea velada por la niebla; el otro, una cicatriz de tierra y raíces que se hundía en el corazón mismo del bosque.

Sin un instante de duda, sus pies eligieron la segunda senda.

¿Por qué el bosque profundo? Quizá porque el latido de Sendanthria, vibrante de vida y misterio, resonaba con su propio corazón herido; un corazón que anhelaba respuestas que el murmullo de las aldeas no podía ofrecer. O, quizá, porque un instinto más antiguo que la razón le susurraba que el bosque había sido siempre el santuario de quienes han elegido encontrarse.

Se adentró en una catedral de troncos que parecían esperarlo. La luz, al filtrarse por el dosel de hojas, tejía tapices dorados sobre el suelo. El aire, espeso, olía a tierra húmeda y a flores nunca vistas. El bosque lo envolvía como un abrazo.

Y entonces, la vio.

Allí, reclinada en las raíces de un roble ancestral, sobre un manto de musgo tan vivo que parecía una alfombra de esmeraldas, una figura menuda vigilaba. Era una presencia diseñada en el paisaje, expectante. Y, aunque el silencio la envolvía, de ella emanaba una luz melancólica, la misma que atesoran los recuerdos de la infancia, aquellos que aguardan, indemnes, en lo más hondo del alma.

Era una criatura de cabellos líquidos que brillaban al ritmo de la respiración del bosque.

— Fin de la muestra —

Sobre el autor

Arruda Van der Ley

Arruda Van der Ley (Brasil, 1990) es, ante todo, un caminante que busca en las palabras una forma de entender los silencios del alma. Educador social por profunda vocación y escritor de nacimiento. Gael es su primera novela publicada, una obra donde vuelca su fe en la compasión y en la capacidad humana de reconstruirse a través del amor y la memoria.

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